Una manera de resistir frente a lo inaccesible que se ha vuelto el acto de compartir y disfrutar la música en el país…
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La música se enfrenta ante la monopolización de espacios y de escucha, donde el acto de asistir a conciertos se ha vuelto un privilegio; con boletos que suelen costar no menos de mil pesos, bebidas y alimentos que cobran al triple del precio de mercado, entornos excesivamente vigilados, mala paga y mal trato a los artistas. Asimismo, al ver la cobertura de estos eventos, estamos habituados a ver a los artistas retratados o tomas generales de la audiencia, mas no sus rostros y movimientos individuales.
Para mí ser fotógrafa (principalmente de concierto) con el estilo y enfoque que tengo representa una manera de visibilizar y retratar aquello que suele ser ignorado pero que es parte esencial de cualquier movimiento musical: el público (particulamente, el público que siente y que vive la música incluso a un nivel más corporal). Hay muchos momentos de disfrute, incluso de dolor, de energía, amistad y caos que no suelen ser retratados en el tipo de fotografía “comercial” de concierto que estamos acostumbrados a ver.
Desde tiangüis, foros independientes y casas hasta los “venues” más reconocidos de la ciudad, mi lente busca documentar de la manera más cruda posible todos aquellos espacios donde se genera ruido y movimiento.